
“A buena carne, poco hace falta”. Con esa frase suelo responder cuando me preguntan. Poco hecha o en su punto, con la sal justa e incluso sin guarnición , así es como los aficionados a la carne disfrutamos más de ella.
Y no sólo los aficionados a comer bien, sino que también o, quizá especialmente, los cocineros. Porque animo a hacer una curiosa encuesta entre un grupo de entendidos en buena mesa -en mi caso, de amigos cocineros, que desde luego entienden de comer bien, mi propio hermano que también es cocinero, sin ir más lejos- y es preguntar quién cambiaría un plato de solomillo al punto con sal gruesa si se le trae a la mesa ese plato por error. Casi nadie...
Desde luego, una buena carne se reconoce por su textura, color y olor desde que entra en la cocina. Dependiendo de su orígen, tipo -parte de la vaca de la que se extrae- y procedencia, podemos encontrar diferentes tipos de carne. Y, especialmente en función de la alimentación que, en todos los animales, cambia completamente el sabor. Los animales también son lo que comen. Las vacas argentinas tienen excelentes pastos naturales a su disposición y eso se nota en la mesa cuando se consume su carne.
Para los que conocen la buena carne, venir a la Vaca Argentina no será un descubrimiento, significará volver a comer la carne que se sabe rica, rica. Para los demás, incluídos algunos de mis amigos los cocineros, yo siempre digo que después de probar una carne como ésta no encontrarán otra de iguales características.
